Una voz extraña penetra en mi cerebro mientras la resaca estruja mi estómago. Hacía casi un año desde la última vez que me sentía tan mal.
Entonces, las cosas eran muy distintas: básicamente mi resaca se aguantaba mejor porque una mano me acariciaba la cabeza mientras las náuseas me invadían. Al tiempo que me apretaba contra la almohada, esperando que todo dentro de mi dejara de dar vueltas, esas mismas manos me preparaban con cariño y dedicación una infusión, que de poco servía, pero que agradecía con un “te quiero” que sonaba de lo más penoso, pronunciado por un ser de ultratumba, con ojeras de doble pliegue.
”He vuelto”
Hacía mucho tiempo que no escuchaba su voz, pero mucho menos del que tardé en asumir que no volvería a escucharle, ni a verle, y que su recuerdo se convertiría en el fantasma de las Navidades Pasadas, que un día vendría a visitarme en forma de resaca, y no precísamente para susurrarme al oído las mismas cosas que hace menos de un año.
Los pedazos rotos habían tardado en recomponerse. La habitación volvía a estar ordenada, de otra forma, pero llena de vida, con nuevas fotos enmarcadas.¡Ahora no! No deseaba que volviera, ni su voz, con palabras que me envenenaban, ni sus manos con sus caricias, que ahora ya no iban destinadas a mi, ni sus ojos, que me miraban fijamente y que un día dejaron de verme…
”He vuelto”
Me había tomado tantas molestias en olvidarlo en el menor tiempo posible, que me empezaba a suceder lo mismo que cuando haces un trabajo a última hora, de esos que te piden “para ayer”: haces lo que puedes, pero sabes que te estás dejando más de un cabo suelto. Esos cabos sueltos (recuerdos aislados de tiempos mejores, como sacados de fotografías que aparecen en los portafotos de regalo, risas y abrazos congelados), los había ido escondiendo convenientemente conforme salían a la luz (una copa de vino mientras la música suena y mi compañero de sofá apoya su cabeza en mi regazo).
Esa voz que ahora sonaba en mi alcoholizada cabeza me hacía sospechar que era el momento de volver a atar los cabos y dejar el trabajo completamente terminado, antes de que mi parcelita de seguridad peligrase más.
”He vuelto”
Afortunadamente, esa vuelta no era real, pero ya se sabe lo que ocurre al día siguiente de mezclar ron con tequila… que uno no decide lo que pensar ni lo que soñar.
Hace justo un año, brindaba por la felicidad junto a una sola persona.
Hoy, un año después, los brindis, las sonrisas, los abrazos, los besos atropellados y los buenos momentos no me faltan, sino que me atrevo a decir que sobrepasan el límite de lo que esperaba alcanzar jamás.
Y es que, ya se sabe, los malos ratos no duran eternamente y, a veces, dan paso a algo mucho mejor de lo que te esperaba.
Por si acaso, y solo como medida cautelar, dejaré lo del tequila solo para las ocasiones en las que me vea con ganas de invocar fantasmas, que de eso lamentablemente está el mundo lleno.
Escrito por Asterisco
Escrito por Asterisco
Escrito por Asterisco 