Ya sabes, Nobel y unas cerillas

30 Jul

¿Por qué te gusta tanto mascar chicle?

No se, pero me gusta, – las ruidosas pompas rompían el silencio incómodo– supongo que me quita el estrés.

L., tenemos que hablar.

L. dejó de mascar en seco, y se giró para mirarle. Sonrió ingenuamente.

Ya estas con tus “importancias”, eres “Don Importancias”, mira, vamos a hacer una cosa, a partir de ahora ya no te llamaré más M., serás Mister Importante.

Buena jugada la de L., pero no consiguió arrancarle ni una sonrisa.

A M. le horrorizaba ese momento, casi tanto como cuando era niño y su madre intentaba acostumbrarle a dormir con la luz apagada. Cada crujido de la madera del viejo armario de su habitación le estremecía los huesos, y sólo encontraba alivio refugiándose bajo su manta de ositos amorosos. Esa manta que le separaba del mundo real.

Ahora, 20 años después, se preguntaba donde estaría esa dichosa manta, en qué armario, baúl o vertedero se encontraría. Con su madre jamás se sabía, tan pronto decidía que el poster de Alf que estuvo años acumulando polvo en el altillo era un recuerdo entrañable, como que la carpeta de sus primeros dibujos a carboncillo era un trasto que ocupaba sitio. Sea como fuere, ya no había manta bajo la que esconderse.

L., me marcho

Vale, pues acuerdate de comprarme un paquete de Nobel. Ah! y porfa una cajetilla de cerillas, ya sabes lo mal que se me da usar mechero.

No creo que…

…ya, yo tampoco creo que esté aqui cuando vuelvas. Pero si me dices que vas a por tabaco lo normal es que me compres a mi de paso, no?

No seas orgullosa, déjame que te explique

L. seguía mascando de forma compulsiva, mientras M. sólo podía pensar en que se tragara el maldito chicle para poder comerse esos labios de golosina, y abrazarla tan fuerte que se le metiera dentro.

Ya sabes, Nobel y unas cerillas.

Eso fue lo último que dijo, mientras se  deshacia de la ropa camino de la ducha.

L.! No te vayas! Espera un momento.

Dijo gritando, mientras ella hacía oidos sordos, y canturreando cerraba la puerta del baño con delicadeza.

Que no hable más! que se calle! que se calle! que se calle! Por que no se ha ido todavía?” Se decía a sí misma, encerrada en el baño, meciéndose con la cabeza entre las rodillas.

M. salió por la puerta minutos después.

L. abrió el grifo, comprobó la temperatura y se metió en la bañera mientras continuaba canturreando.

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